05 Septiembre 2020

Leer más allá del mecanicismo

Posted in Opinión

Leer más allá del mecanicismo

Por. Nicolás Peña Jiménez

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La lectura es una actividad marra dentro la sociedad, pues desde el epíteto del ignorante hasta el del erudito (según lo que dicta el contrato social) se hace pleno ejercicio de ella. Desde la más simplista lectura y divulgación de una revista de farándula hasta la más portentosa crítica derivada de la teoría Marxista posee un carácter lineal cuyas nociones se extienden y reproducen a través del lenguaje, dependiendo del conocimiento subjetivo de quien las pregona. No es lo mismo la interpretación hecha por un sujeto, cuyo contexto sociodemográfico se sitúa en oriente que la de un sujeto diametralmente opuesto situado en occidente. Esto, a que cada sujeto interpretará la idea del texto u objeto de lectura de acuerdo a su ideología dominante.

En cualquiera de los casos, ninguno de los dos sujetos tendrá la última palabra, pues ambos conocimientos son válidos en la medida que se haya hecho el debido proceso de lectura. Pero ¿Cuál es la forma correcta de leer? Para poder explicarlo debemos partir del concepto de código. Un código es la forma mediante la cual un individuo le da significado a las cosas (palabras, sonidos, imágenes) y este se fundamenta en las nociones personales de cada sujeto, por lo que, cuando escribimos, creamos un código impuesto por nosotros el cual es individual y no
común.

De esta forma, “cuando leemos un texto determinado, debemos producir el código que el texto impone y no creer que tenemos de antemano con el texto un código común” (Zuleta, 1982, p.8). Esto plantea, que la base de la lectura es la interpretación ¿Qué quiso decir el autor? ¿Los conceptos que usa los emplea de la misma forma en la que yo lo hago? Estas cuestiones son clave para una compendiosa asimilación de las ideas expuestas.

La correcta forma de leer deriva directamente en la obtención de un conocimiento específico, el cual se ubica y obtiene su validación por parte del contexto por donde se le mire y el cual puede ser usado de diferentes maneras; dialécticamente, ontológicamente, como instrumento de subyugación etc. Cualesquiera que sean las intenciones del individuo.

Ya está claro la forma correcta de leer un texto, pero paralelamente se presenta otra incógnita la cual debemos de esclarecer ¿Para qué leer? La respuesta se divide en tres usos; el práctico, el académico y el ocioso. Entiéndase el uso práctico como proceso meramente comunicativo el cual encuentra su razón de ser en “Una mayor apertura en relación con la interpretación textual. Apertura que no se logra a través de la oralidad” (Rosas, 2001, p.3) es decir, por las características que ofrece como la trascendencia, elemento que la fugacidad de las palabras no
permite. Por ende, cuando leemos un texto bajo un uso práctico, lo hacemos por la única razón de no poder escucharlo.

El académico, por su parte, se centra en la producción de capital cultural, obtenido a través de la lectura y expresado en el desarrollo del pensamiento crítico y la capacidad de producción objetiva de código y de sentido. Empero, un buen lector debe encontrar la armonía entre “Lo que ya sabe” y lo que está dispuesto a aprender y transformar de ese “Saber”. Este tipo de lectura es la más compleja de todas, pues representa un duro y constante trabajo de comprensión (la lectura
como parte de un interrogante que se esclarece con el tiempo y no como respuesta única e inmediata) ya que cada texto es diferente y tiene significaciones diferentes.

El último de los usos de la lectura; el ocioso, es el más simple de los tres, pues su usanza se limita a el consumismo, a la acción de leer como mero entretenimiento o por presión social, carente de profundidad y con la aceptación de “Un código común” por parte del lector. Cuando se lee de esta forma no se hace a la luz de un problema sino como simple vicio, por lo que la exégesis hecha por el receptor carece de significado.

Cada escrito está abierto a diferentes interpretaciones, es un error común caer en la vanaglorización del autor como dueño del código y del concepto, puesto que, tanto el código como el uso del concepto en su texto es subjetivo y hay que saberlo interpretar y no tomarlo como único y absoluto. A pesar de esto, tampoco es válida la posición del lector nihilista, quien no ve al autor como amo y señor de la verdad pero que tampoco se interesa por encontrarle sentido al escrito (sentido visto como la economía misma del texto y su relación con otros textos)
sucumbiendo así, en un dogmatismo irrazonable.

La lectura está presente en todas partes y con multiplicidad de usos, desde instrumento del modelo mecanicista de dominación del conocimiento, pasando por carromato de la gramática como reproductor del sentido creado por las ideologías dominantes hasta elemental práctica de distracción; es acto estoico de cada individuo elegir cuál camino recorrer en el basto mundo de la lectura. Solo quién lee buscando algo, puede escribir tratando de encontrarlo.

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