Por. Sandra Patricia Rodríguez Medina
Comunicadora Social – Periodista / Docente universitaria
Hay lugares que cautivan solo con ver una fotografía. Eso me sucedió la primera vez que vi una imagen de Caño Cristales hace más de dos décadas, en mis tiempos de estudiante universitaria, cuando aún no existían la mensajería instantánea ni las redes sociales. Me maravilló tanto que me prometí, en ese instante, que algún día caminaría junto a ese río. Esa promesa se hizo realidad este año.
Según registros de Parques Nacionales Naturales de Colombia, Caño Cristales se ubica en el departamento del Meta, dentro del corredor biológico que conecta el sistema Andino y el complejo Amazónico-Orinoquense, en el Parque Nacional Natural Serranía de la Macarena. Allí, cerca de 650 familias del municipio de La Macarena se benefician directamente del turismo sustentable, convirtiendo a esta actividad en la segunda fuente de ingresos más importante de la región y en el motor para visibilizar otros tesoros naturales de la serranía que también tuve la oportunidad de conocer.
El viaje comenzó un domingo de julio junto a mi mamá. Tras aterrizar en el Aeropuerto Regional Javier Noreña Valencia, un día soleado en el municipio La Macarena nos dio la bienvenida. Después de acomodarnos en un hotel cerca del parque principal Los Fundadores, nos dirigimos a nuestro primer destino: Caño Escondido. Cuarenta minutos en camioneta por una vía destapada nos regalaron una vista imponente de la Serranía antes de llegar al pequeño río que sirve de antesala al encuentro con Caño Cristales. Allí ocurrió el primer encuentro con la Macarenia clavigera, la planta acuática encargada de vestir de colores el río.
Esta especie endémica nace y crece adherida a las rocas entre junio y noviembre. Su comportamiento con la luz es fascinante: expuesta directamente al sol, intensifica sus tonos hasta alcanzar un fucsia o rojo encendido; bajo la sombra de los árboles, matiza en amarillos y verdes. Esta planta solo crece en este río y eso hace único a este destino colombiano.
El primer contacto con los pozos fríos, las pequeñas cascadas y los rayos de luz filtrándose entre las ramas tuvo como telón de fondo el relato de José, nuestro guía local. Nos contó historias del territorio, de los años en que La Macarena formó parte de la zona de distensión, la convivencia con la guerrilla de las FARC, y como, al salir este grupo del territorio, se tuvieron que organizar y empezar, con mucho esfuerzo y sin apoyos tecnológicos, para atraer a los turistas y demostrar que La Macarena es un territorio de paz y de gente alegre y amable dispuesta a hacerte vivir una experiencia turística inolvidable. Este primer destino, aunque corto en tiempo y en recorrido, fue la primera demostración de lo que sería el encuentro con Caño Cristales
El encuentro con el río de colores.
A la mañana siguiente nos alistamos para la caminata principal. Las exigencias para la preservación del río son estrictas: está prohibido el uso de bloqueador solar, repelente o cualquier producto químico que pueda alterar la química del agua. Tras un recorrido de 20 minutos en lancha por el río Guayabero, ingresamos formalmente al Parque Nacional Natural Serranía La Macarena.
Optamos por el Sendero Pailones, la ruta de menor exigencia física, idónea para transitar con tranquilidad junto a mi madre y acompañantes. Existen otros dos senderos que exigen una mejor preparación física: El salto del águila y Los pianos. El camino avanzó a un ritmo tranquilo, entre los sonidos de la vegetación y el calor de un día soleado. La primera vista al río fue Caño Cajuche, un brazo donde la Macarenia clavigera lucía imponente.
José guio nuestros pasos con destreza en las pendientes, atento de ayudar a mi mamá, respondió a nuestras preguntas, nos relató más historias de su vida, de su labor, del río, de la importancia del ecosistema que allí convive. Cuando menos lo esperamos, nos encontramos con Caño Cristales. El sueño se hizo realidad.
Foto: Caño Cristales
El resto del recorrido lo trazó el agua. Realizamos paradas para sumergirnos en los pozos cristalinos, refrescarnos, nadar, tocar con delicadeza y cuidado a la Macarenia, contemplar los matices de la vegetación acuática y apreciar la magnitud del lugar. Estar allí y apreciar el río, fue comprender la belleza de este territorio.
Por los senderos del Guayabero y la Laguna del Silencio
Los días posteriores permitieron adentrarse en otros destinos de la serranía. En la jornada siguiente navegamos hacia el Raudal de Angosturas a través del río Guayabero con nuevos compañeros de viaje. Este recorrido por el río fue más largo: casi dos horas de recorrido con algunas paradas para contemplar la fauna, especialmente aves.
El Río Guayabero nace en la cordillera de Los Andes, recorre los departamentos del Meta, Vichada y Guaviare, bordea al Municipio de La Macarena, es la ruta obligatoria para llegar a varios de los destinos turísticos que visitamos y se une al río Ariari, al suroriente de la Serranía La Macarena, para constituir finalmente el río Guaviare. Debe su nombre al pueblo indígena de Los Guayaberos quienes antiguamente habitaron las riberas del río.
Tras internarnos por un sendero de vegetación tupida llegamos a Aguas Claras, una caída de agua fría donde la caminata encontró su recompensa. Retornamos por el mismo camino y llegamos a una finca donde almorzamos pescado preparado en estufa de leña. Sobre las 3:00 p.m. tomamos nuevamente la lancha para regresar al Municipio.
Al caer la noche, participamos de un parrandón llanero preparado con esmero para los turistas nacionales y extranjeros. La carne a la llanera, el joropo y la música en vivo nos permitieron conocer y disfrutar de una muestra cultural del municipio y evidenciaron el arraigo y el orgullo de los gestores culturales de la zona.
Al día siguiente, el destino fue la Laguna del Silencio. A pesar de un tirón muscular que me dificultaba el paso, la belleza del entorno compensó el esfuerzo y no me impidieron continuar disfrutando de los recorridos. Nuevamente tomamos una lancha por el Río Guayabero, el viaje duró una hora a aproximadamente, llovió un poco. Hicimos algunas paradas para apreciar aves y babillas.
Recorrimos la laguna en canoa, en un trayecto pausado guiado por la observación de aves y fauna nativa, fue un ejercicio de contemplación profunda. En las fincas aledañas, las familias locales nos recibieron con café, queso con bocadillo y mermeladas artesanales. Almorzamos cachama sudada en hoja de plátano. Me bañé en un pequeño río y observé peces más grandes. Fue uno de los escenarios naturales más armoniosos que contemplé en este viaje.
Foto: Laguna del silencio
El viaje culmina
Antes de la partida, dedicamos tiempo a recorrer el casco urbano y visitar el Centro de Interpretación de La Macarena, administrado por Alejandra Medaglia, un espacio socioambiental que expone una maqueta de Caño Cristales y sus tres senderos, documentación fotográfica y material educativo para la conservación del ecosistema, además de visibilizar la producción agrícola y artesanal de las familias campesinas del municipio.
En nuestra última madrugada en el Meta, a las 5:00 a.m., contemplamos el amanecer llanero. A pesar de la niebla densa de la mañana, la luz del sol logró abrirse paso, la silueta de la serranía se dejó apreciar, y el viaje culminó con la misma serenidad con la que nos acogió la región.
Fueron 6 días para disfrutar de uno de los territorios más biodiversos del departamento; el hogar de un poco más de 600 especies de aves que constituyen una tercera parte de la avifauna que tiene Colombia; un territorio de gente que transformó un pasado marcado por el conflicto armado, en un lugar donde la organización de la comunidad logró que el municipio volviera a abrir sus puertas para recibir a turistas de todas las latitudes para acogerlos y mostrarles uno de los lugares más cautivadores del departamento del Meta y de Colombia, la Serranía de La Macarena donde se encuentra el río catalogado el más bonito del mundo: Caño Cristales. Un destino que recomiendo visitar.
