Las barras bravas de la Virgen del Carmen

Las barras bravas de la Virgen del Carmen

Por. Isabel Cristina Hernández

Cuando se convive con comunidades que se han ido arraigando en ciertas zonas de la ciudad que ingenuamente las reciben, llega un momento, tardío, por cierto, en el que los habitantes originarios despabilan por lo disonante de los valores culturales y los niveles de inconciencia tan acentuados, que, en términos de convivencia, traen consigo. Esta situación obliga a la reflexión de cómo ciertos símbolos y celebraciones, como la del pasado 19 de julio, deja sinsabores en la sociedad.

La fiesta de Nuestra Señora del Carmen conmemora la aparición de la Virgen el 16 de julio de 1251 a San Simón Stock, un religioso inglés de la Orden del Carmelo, que recibió de ella un escapulario como signo de protección y alianza espiritual con quienes buscan vivir cerca de Dios. Pero los seguidores con los que ella cuenta en la actualidad, la hacen parecer más bien una promotora de la contaminación auditiva, la invasión del espacio público y el detrimento de los barrios; y no parecen estar ni un poquito cerca de convivir con Dios, pues seguramente sería él, el primero en sacarlos.

Muy temprano el domingo a las 8 de mañana empezaron a sonar los pitos de los carros como para que el reino celestial escuchara a tan notable grupo de personas, que después de asistir una misa, iniciaron su recorrido por las calles de la ciudad, quebrantando la paz de todos aquellos que, a raíz de ese tipo de celebración supuestamente religiosa, ya se están inclinando por el escepticismo, o por lo menos marcando una incuestionable división.

Cuando terminaron los recorridos, después de crear caos vehicular y lejos del deleite auditivo, quitaron todos los artilugios como bandas de papel de colores azules, globos y cartones con los que engalanaron los buses de turismo, carros y demás medios de transporte participantes en dichas caravanas; algunos de ellos, y conforme a su cultura y conciencia social, los despegaron de los vehículos y los arrojaron directamente a las calles. De verdad Virgen del Carmen, andas mal, mal, pero mal de seguidores.

Luego los festejantes se reunieron en las cantinas de barrio que no están insonorizadas y que no tienen avisos comerciales, y se tomaron por completo las calles impidiendo el libre tránsito de las personas que viven en la zona y de los carros intentaban circular por ellas. Los vecinos del barrio se lo pensaban dos veces para ir por sus víveres, porque no es muy seguro transitar entre tanto borracho y “ferviente religioso”. ¿Por qué no alquilan los salones comunales y respetan el espacio público? ¿Cuál es el papel de las Juntas de Acción Comunal en torno a estas problemáticas?

Después de quien sabe cuántas llamadas, al fin llegó la policía, llegaron seis u ocho agentes en motos y en una patrulla, tardaron como una hora en dispersar la conglomeración, mientras que a su paso dejaba botellas de cerveza, basura de los productos comprados en lugares improvisados de venta de comida que se acompañan de cilindros de gas y pailas con aceite caliente, sin ningún tipo de precaución y sin los permisos requeridos; además de que se apropiaban del espacio público, lo usaban de formas arbitrarias e incivilizadas al usar los postes como orinales, sin importarles siquiera qué personas se encontraban a su alrededor; estos individuos son vulgares, altaneros, tendenciosos, por lo que resulta mejor no pronunciar palabra, ya que pueden aparecer rotos los vidrios de las ventanas de las casas del que se intente poner de parte de la cordura y el respeto. Al rato la policía se va, pero no se lleva a nadie, no sella ningún establecimiento, no pasa nada; y todo se repetirá con la próxima celebración, sea religiosa o civil, da igual.

¿Cómo se puede convivir con ese tipo de comunidades? Es sabido que, por ejemplo, para ir a San Andrés Islas es necesario entrar con permiso, se asignan funcionarios para supervisar las labores de los visitantes, porque ellos protegen a sus propios habitantes. ¿No será que una medida similar pudiera implementarse en nuestra capital para evitar que involucione y se sigan deteriorando vertiginosamente las zonas en las que infortunadamente habitan?, ¿No parece urgente inspeccionar de manera frecuente a quiénes no respetan la cultura de las zonas a las que llegan a vivir?, ¿Por qué el interior de los barrios no merece la misma eficacia y vigilancia que otros barrios “mejor ubicados” en la ciudad, que las zonas aledañas a los centros comerciales o aún las cercanas a las avenidas principales? Bogotá es el conjunto de todo, no solo “lo de mostrar”.

Después de esas actividades tan desalentadoras, en la mañana aparecen como caídos del cielo los llamados operarios de aseo, operarios de barrido o barrenderos, a quienes tradicionalmente, con cariño y con mucho respeto se las ha llamado “escobitas”, que vienen y hacen desaparecer de las calles las evidencias que dejan a su paso esas comunidades ajenas a la ciudad y desinteresadas por el territorio que les ofrece un trabajo y un lugar para vivir. Señores Escobitas extendemos un reconocimiento a su valiosa labor, que restaura la dignidad del espacio público, que restituye nuestra calidad de vida, que subsana la renuencia a recorrer de nuevo las calles, aunque sea de forma momentánea. Virgen del Carmen, con mucha tristeza y pesar lo decimos: te vemos mal de seguidores…

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