Por. Nelson Beltrán T.
En redes sociales, cada vez es más común encontrar videos de jóvenes que se calzan los guantes para enfrentarse a golpes en parques, calles o canchas mientras una multitud los rodea, grita, graba con sus celulares y los alienta.
La escena es más que un espectáculo deportivo improvisado, con un riesgo fundamental: no hay necesariamente un ring, un árbitro, un equipo médico, ni condiciones que permitan controlar lo que ocurre cuando uno de los golpes deja de ser parte del espectáculo.
Es entonces cuando surge una pregunta que rara vez aparece en los videos: ¿Qué ocurre con los gastos médicos, las incapacidades o las responsabilidades económicas si uno de los involucrados termina gravemente lesionado? Lo anterior son exigencias requeridas para autorizar el uso del espacio público con aglomeraciones.
Lo que para algunos parece una forma espontánea de entretenimiento, una manera de "desahogarse", una oportunidad para conseguir unos segundos de fama en redes sociales, o incluso un poco de dinero extra, puede convertirse en cuestión de segundos en un accidente grave. Porque una pelea no deja de ser peligrosa simplemente porque se organice en un parque, entre amigos o bajo la apariencia de un juego. Existe una diferencia enorme entre practicar boxeo y simplemente intercambiar golpes.
Quien entrena este deporte a diferencia de alguien sin preparación, aprende a protegerse, a desplazarse, a controlar la distancia, a caer, a administrar el esfuerzo y, sobre todo, a reconocer cuándo debe detenerse. En una pelea improvisada esas condiciones desaparecen.
Un par de guantes puede hacer que una escena parezca más deportiva, pero no elimina el riesgo de una conmoción cerebral, una fractura, una lesión dental o una caída. Un participante puede perder el equilibrio y golpear su cabeza contra una superficie dura. Una caída puede dejarlo inconsciente mientras quienes están alrededor continúan grabando. Y en una emergencia, los segundos pueden ser determinantes.
El parque no es un ring
Un ring está diseñado para reducir determinados riesgos y permitir que el combate se desarrolle bajo condiciones controladas. Una calle, un parque, una cancha o una zona residencial, en cambio, carecen de esas condiciones y convierten cualquier enfrentamiento en una actividad mucho más impredecible, incluso porque en la mayoría de estos encuentros los espectadores se encuentran demasiado cerca a la escena de golpes.
Pero quienes pelean no son los únicos protagonistas. También lo es la multitud. Quien graba, quien anima, quien comparte y quien comenta, participa de alguna manera, en la construcción del espectáculo. La cámara ya no es un simple testigo: se convierte en el mecanismo que permite que la pelea abandone el parque y llegue a miles de pantallas. En ese momento aparece una lógica particularmente peligrosa: la pelea deja de importar por lo que es y comienza a importar por lo que puede generar en redes sociales.
Un golpe espectacular puede convertirse en un video viral. Una caída puede transformarse en meme. Una pelea particularmente violenta puede acumular miles de reproducciones. Pero detrás de cada reproducción hay una persona real y detrás de una caída que dura apenas unos segundos puede existir una lesión que acompañe a alguien durante toda su vida.
¿Quién responde cuando algo sale mal?
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Qué sucedería si uno de estos enfrentamientos termina en una lesión grave? Basta recordar algunos casos del boxeo profesional: Prichard Colón, un boxeador puertorriqueño quien contaba con preparación física y experiencia competitiva, sufrió en 2015 una lesión cerebral catastrófica durante un combate en el que recibió varios golpes ilegales en la parte posterior de la cabeza. Desde entonces, su vida quedó marcada por las graves secuelas neurológicas.
Otro caso es el del estadounidense Errol Spence Jr., excampeón mundial, quien sufrió una lesión en la retina de su ojo izquierdo durante una sesión de entrenamiento en 2019. El episodio evidencia que ni siquiera los deportistas de alto nivel, acostumbrados a las exigencias del contacto físico y rodeados de equipos profesionales, están exentos de sufrir consecuencias graves.
Si incluso un boxeador profesional, preparado físicamente y sometido a un entorno reglamentado puede sufrir consecuencias neurológicas graves, ¿Qué tan sensato es asumir que una pelea improvisada entre aficionados es inofensiva?
Que dos personas acepten enfrentarse voluntariamente no significa que desaparezcan todas las preguntas sobre seguridad, organización y responsabilidad. Cuando una actividad convoca público, ocupa un espacio común y genera riesgos para quienes participan y para quienes observan, la responsabilidad no debería desaparecer detrás de la frase “ellos aceptaron”.
El problema no es el boxeo. Tampoco lo es la competencia ni el deseo de poner a prueba las propias capacidades. El boxeo, cuando se practica con entrenamiento, reglas y supervisión, es una disciplina que exige técnica, autocontrol y preparación. Tal vez antes de sacar el celular para grabar la próxima pelea deberíamos preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Qué estamos aplaudiendo?
